martes, 29 de agosto de 2017

Crítica: Death Note (Netflix)

Lo mejor: Imaginar que Death Note es
la explicación definitiva a Destino Final.
Lo peor:
 Que Light sea "el mal menor".
Hace un par de días, los abonados de Netflix tuvimos la desgracia de poder ver uno de los proyectos por los que más expectación se ha generado últimamente: Death Note (2017, rollo Ben-Hur 2016). La verdad es que Netflix me gusta, pero me gusta mucho menos cuando hace cosas como esta. Producir una live action es una tarea complicada, y más todavía cuando parece que no has visto el producto original, como en este caso. No me quiero andar mucho por las ramas: el Death Note de Netflix es, en el mejor de los casos, un despropósito y, en el peor de los casos, un insulto a la inteligencia humana, en especial para las personas que han visto el anime.

¿DE QUÉ VA?
Un día, a Light le cae un cuaderno del cielo. Las personas cuyo nombre escriba en esa libretilla del Todo a 1 euro morirán. En esto que su crush le habla un poco en el instituto y, como todas las personas normales harían (no), Light le cuenta sobre su nueva posesión. Y así, Light y Mia (que así se llama su crush/bae) empiezan a matar a criminales mientras la policía intenta parar los pies a estos dos emos de poca monta.

Antes de nada, me gustaría aclarar que esta película no tiene nada que ver con el anime ni con lo poco que he leído del manga. Mantiene los nombres, el cuaderno de la muerte y los shinigamis, y punto. Que se tomase sus licencias no me parecía mal al principio de la película, pero si vas a tomarte licencias y armar la que has armado, pues mejor te quedas quietecito y copias palabra por palabra al original y te dejas de rollos. Si ya nos tendríamos que haber preparado cuando escogieron a Adam Wingard, el culpable de Tú eres el siguiente, y dijo que iba a tener violencia y gore para parar un tren, pero estos desastres siempre te pillan desprevenida, y si no que se lo digan a los de Juego de Tronos, que mucho winter is coming y mírales. En fin.

Anda, los deberes
Death Note falla más que una escopeta de feria y la culpa se debe principalmente a las ganas que tienen los guionistas (responsables de otros despropósitos como Immortals y los Cuatro Fantásticos de 2015) de exculpar a Light y hacerle ver como un pobre muchacho superado por las circunstancias. Nos le intentan vender como un huérfano resentido, marginado, al que nadie tiene muy en cuenta y cuya madre fue asesinada por un señor que sigue campando tan alegremente por los Estados Unidos sin pisar la cárcel. Light sabe lo que se siente cuando todos te ignoran y se convierte en el valedor de la justicia porque la justicia no hace pagar verdaderamente a los criminales. En otras palabras, Death Note nos dice que todo vale, cuando en realidad no todo vale, y eso (además de lo incoherente que es todo) es lo que impide que me pueda no disgustar la película.

¿Quién se ha prestado a hacerles esa foto?
De primeras, es comprensible que Light quiera vengar la muerte de su madre y que para ello pague con la misma moneda a su asesino. Lo que no es comprensible es que un tío con el poder de matar a cualquiera sea considerado “el mal menor” y la película valide moralmente su comportamiento, como si fuese algún tipo de Robin Hood. ¿Pero estamos tontos? ¡Que está desquiciado! ¡Que si le da la gana se carga a todo el mundo que tenga un DNI! Le están cediendo todo el poder de juzgar si X persona es culpable o no y qué pena se merece a un adolescente que tiene en su taquilla un papelito que reza normal people scare me. Pues a mí lo que me asusta es que esto alguien lo pueda considerar una opción viable. Menos mal que no existe ningún cuaderno de la muerte en la vida real, que si no íbamos listos.

Como plus a mis reservas en este aspecto, no hay por dónde coger al Light este de las narices, y eso que es el único personaje medio trabajado, porque ya los demás son más planos que Caillou. No te puedes esperar nada de un personaje que utiliza el hecho de poseer un cuaderno con el que asesinar gente para fardar, que mata para ganarse la aprobación de su crush y que hace los deberes a los demás sin ningún objetivo más allá de situarle en el colegio a horas intempestivas. Y ya para colmo nos sugieren que esta persona es muy inteligente por el hecho de saber resolver ecuaciones (volvemos al tópico de que los de ciencias son listos y los de letras, tontos), justo cuando minutos después le comenta a Mia –que por mucho crush que sea, es una chica a la que no conoce de nada en absoluto– una cosa muy curiosa que le acaba de suceder: ahora tiene un cuaderno con el que matar a la gente y que ya es responsable de dos muertes en principio accidentales y muy del rollo de Destino Final. Una maniobra muy muy inteligente que sin duda nos demuestra que Light es “el mal menor” a todos nuestros problemas. Que a ver, si le comparas con la psicópata esta de la animadora malota pues sí, pero vamos.


Mi(s)a es un personaje tan tópico, tan de mala malísima sin ningún ápice de cordura, que me aburre pensar en ello. Con lo graciosa que era Misa en el anime, por favor; perturbada también y bastante desdibujada, pero no era una tiparraca manipuladora asesina como nos venden aquí nuestros queridos amigos los guionistas y Wingard (al que le echaré el 80% de la culpa de este muermo porque me da la gana). Y eso es otro clavo en el ataúd de la película: han eliminado todos los momentos deliberadamente graciosos del anime –el momento patata, las gracietas de Ryuk/Rayak el buscador de hoteles, todo Matsuda– y, en esta live action espantosa, echarte unas risas solo depende de ti y de si te la tomas a guasa o como una condena a muerte.

Cuando no encuentras las llaves
Lo de L es un delito, directamente. Ni inteligente, ni apocado ni nada. Es un iluminado de la vida que si no tiene diabetes pronto la va a tener y que, de repente, llega a la conclusión de que Light es Kira y allana la casa de los Turner porque le da la gana para montar un pollo que no sirve para nada más allá de para que el espectador se lleve las manos a la cabeza ante tanta tontería acumulada. El duelo intelectual Light contra L desaparece de nuestras vidas para quedarse reducido a un final tan tan estúpido que es mejor ni recordarlo ni comentarlo.

Como si eso no fuera suficiente, llega un momento en el que tienes la sensación de que ya has visto la película, y no precisamente por el parecido con el anime, sino porque se parece a una de Nicholas Sparks. Es muy dramático que una película que en teoría es un thriller, una batalla de egos, de inteligencia, muy oscura, se asemeje más a una serie de clichés mal arrejuntados propios de un drama romántico: historia de amor rápida (y tóxica), pasado trágico del protagonista, el Death Note como obstáculo, sin presencia de amigos de ninguno de los personajes, el clásico beso bajo la lluvia, y con un buen río para el momento dramático usual. Vamos, una chorrada muy grande.


Wingard ha querido mantener ese aire violento y gore que rodea a todos sus filmes pero, en sus ansias de desarrollar una historia compleja y rebuscada en poco más de hora y media y alejándose a la vez del producto que tomaba como referencia, ha dirigido una película que acaba siendo incoherente dentro de su propia lógica. Es bastante triste, sobre todo si pensamos en Willem Dafoe y Margaret Qualley, que hacen un trabajazo –no como Nat Wolff, que transmite menos que Coco Enzo y Coca Playa– que queda sepultado y oculto bajo todo el sinsentido que compone Death Note. No sé cuál será el siguiente paso de Netflix, pero lo mejor que podrían hacer dado todas las opiniones negativas que ha generado –y con razón– sería no realizar esa segunda parte que Adam Wingard amenaza con dirigir y dejar que este agravio que se hace llamar película sea olvidado con el paso del tiempo.

martes, 18 de julio de 2017

La guía definitiva para hacer una película de Nicholas Sparks


Cuentan las malas lenguas que hubo un día en que las películas basadas en libros de Nicholas Sparks eran medio entretenidas. Que no digo buenas, solo entretenidas. Pero mucho ha llovido desde que se estrenase su primera adaptación, Mensaje en una botella, en 1999; y ya no solo en sentido metafórico, sino también literal porque otra cosa no, pero lluvia tenemos para parar un tren en la obra de este señor.

Ahora sus películas resultan soporíferas, aburridas, y no es porque sean todas excesivamente largas y azucaradas (que lo son). El principal problema es que todas son IGUALES. En las once estrenadas hasta la fecha (y de las cuales mi salud mental solo me ha permitido ver seis), se repiten continuamente los mismos elementos y patrones. Por eso mismo, traigo la guía definitiva y no autorizada para escribir el guion de una película romántica y que no sea una tv movie sino hasta casi un blockbuster.

En primer lugar, tenemos que tener en cuenta que, contrariamente a lo que puedan cantar los de McFly, el amor no es fácil. Por eso mismo hay que poner todos los obstáculos posibles a la relación entre los dos protagonistas, que, por supuesto, formarán una pareja hetero (el colectivo LGTBI no tiene cabida en el mundo de Nicholas Sparks, por alguna extraña razón). No es necesario dedicarle mucho tiempo a por qué se enamoran (con que sean guapos los dos y den alguna muestra de tener un buen corazón, vale), porque lo importante es el drama.


El drama debería ser en parte previo a los acontecimientos que narra la película. El público necesita creer que la vida ya ha dado suficientes palos a los protagonistas y que merecen tener su final feliz ya (sí, a la media hora), porque más se va a desesperar con cada piedra que pongamos en su camino. Alguno de los dos protagonistas –si no ambos– tendrá un pasado trágico y marcado por la enfermedad o la muerte de algún ser querido; algo que le haya dejado secuelas y que le impida creer que se merezca ser querido. Recuerda incluir algunos problemas de comunicación entre padre e hijo y una bonita historia de algo que antes hacían juntos para tocar la fibra sentimental del espectador (véase Un paseo para recordar o Querido John). Por otra parte, si los problemas padre-hijo son insalvables, incluye una figura paternal (véase Lo mejor de mí) y ten en cuenta que no es necesario que los protagonistas tengan madre o darle importancia.

Como los protagonistas no pueden estar juntos, se puede recurrir como razón principal al clásico tercero en discordia, que será un hombre si el personaje está vivo y una mujer si es la esposa fallecida del protagonista masculino. A ello se le añaden un par de aderezos para que sea un amor imposible que ni Romeo y Julieta: matrimonio, culpa, hijos que se oponen a la unión, rechazo por parte de los padres (por prejuicios, diferencia de estatus social), accidentes de tráfico… Cualquier cosa que se te ocurra vale, y cuanto más rocambolesca, mejor. Eso sí, que tampoco se te vaya de las manos la imaginación: ten en cuenta que los protagonistas deben acabar juntos y, por tanto, los problemas tienen que poder resolverse, aunque sea matándolos.



Todo esto deberá ser enmarcado en un pequeño pueblecito, preferiblemente costero o, en su defecto, con un río. ¿Por qué? El agua es un elemento muy dramático y muy importante en la obra de Nicholas Sparks, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. En el agua puedes hacer el amago de ahogar a algún personaje (véase Un lugar donde refugiarse y Cuando te encuentre) pero también los protagonistas pueden irse en barquita a otro lugar, como la típica casa abandonada, que veremos a continuación.

Hablando de agua, no te olvides de incluir una escena de lluvia. Es esencial. Tenemos que tener en cuenta que el mundo de Nicholas Sparks no responde a razones meteorológicas sino a razones puramente narrativas o dramáticas. Nunca llueve porque sí; solo llueve en dos tipos de ocasiones: o va a producir un accidente (un río se va a desbordar, alguien va a perder el control de su coche) o la pareja protagonista va a tener un momento romántico que pretenderá ser épico. No hay más. Eso sí, que no se te ocurra tener coherencia narrativa y que los personajes se pillen un catarro por haberse empapado mientras se besaban, porque a nadie le interesa ver mocos en ninguna película romántica.


La lluvia también puede hacer que se refugien en una casa abandonada, donde darán rienda suelta a la pasión. Bueno, a ver, pasión pasión, no, que esto es una película romántica bien azucarada y no aspira a ser Cincuenta sombras de Grey (como Cincuenta sombras de Grey tampoco aspira a ser Cincuenta sombras de Grey, pero eso ya es otra cuestión). Las escenas “fuertes” serán un par de planos en los que no se vea nada de nada pero que sean más o menos evocadores (lo que un niño de 6 años entiende por fuerte, vaya). Y ya el culmen del romanticismo en estos casos es que no utilicen una cama sino el propio suelo cochambroso de la casa abandonada. Otra vez: sin coherencia narrativa; que luego no tengan dolor de espalda.

Ahora mismo puedes estar pensando: “Muy bien, el amor de los protagonistas es lo más importante pero ¿cómo encajamos su vida anterior: sus amigos, su trabajo…?”. Es muy simple: no pierdas el tiempo diseñando una vida normal para los protagonistas. Que tengan amigos es totalmente irrelevante y es que, en el mundo de Nicholas Sparks, los amigos no existen. Y, en caso de existir (algo muy improbable), sirven para: 1. Morirse y añadir dramatismo o culpa a uno de los personajes y, en definitiva, ser la razón por la que la pareja no puede estar junta (véase Lo mejor de mí); 2. Ser el tercero en discordia (véase Querido John); 3. Que el tema sea lo malos que son los amigos y lo poco que valen la pena (véase Un paseo para recordar). Por otra parte, el trabajo de los protagonistas ha de ser flexible para que tengan mucho tiempo libre que pasar juntos o, directamente, que estén de vacaciones.


La historia de amor, por tanto, es la piedra angular de la película. No pierdas de vista que lo mejor es que la estructura narrativa sea muy simple: una primera fase de enamoramiento con sus moñadas incluidas, otra fase en la que aparecen un montón de problemas, la ruptura, se dan cuenta de que no pueden vivir separados, más problemas y finalmente se reconcilian. Ahórrate incluir tramas paralelas no directamente relacionadas con la relación amorosa o personajes graciosos, porque lo más gracioso que te vas a encontrar será alguna pseudo-gracieta que haga uno de los protagonistas –por regla general, el Ryan Gosling de turno– y que le sirva para conquistar a su amado/a. Tampoco hace falta complicarse mucho la vida, porque la gracieta no tendrá gracia realmente.

Si ya casi tienes tu guion listo y la historia te está quedando demasiado bonita y feliz, puedes meter alguna muerte ahí súper inesperada para que tu espectador llore. Recordemos que el público objetivo de este tipo de película paga por llorar y las muertes a traición son la forma definitiva de conseguirlo si se te ha dado muy mal la gestión de amor-desamor-amor y sus consiguientes núcleos dramáticos de ruptura y reconciliación.

Por otra parte, tienes que añadir alguna parte muy, muy ridícula. Por ejemplo: en Un lugar donde refugiarse, Katie se tiñe el pelo rubio clarísimo en nada de tiempo sin necesidad de decoloración; en Lo mejor de mí se tiran cenizas encima tan panchos (y se las comen felizmente); en El diario de Noah se tumban en medio de la carretera a ver si les pilla un coche… ¿Lo ves? Necesitas incluir alguna incongruencia para que los haters como yo nos podamos reír.

Poco más queda que decir en cuanto a las normas para escribir una historia de amor épico a lo Nicholas Sparks. Si en algún momento te quedas estancado/a y no sabes qué incluir para dar “credibilidad” a la relación de los trágicos amantes del distrito costero que estés trabajando, recuerda a tus fieles consultores: las películas que echan en la sobremesa de los sábados y domingos de todo canal que merezca ser llamado como tal. En esencia, una película de Nicholas Sparks es eso, pero con actores conocidos.

Con esto, creo que estás preparado para ser el próximo Nicholas Sparks y, si no, por lo menos sabrás que esperarte de la siguiente película que esté basada en una novela suya.

viernes, 14 de julio de 2017

Crítica: The Love Witch

Lo mejor: Los delirios y monólogos de Elaine.
Lo peor: Que pueda parecer demasiado extraña.
Si el pasado mes de junio Movistar estrenaba de forma simultánea a los cines Colossal, el último filme de Nacho Vigalondo, hace una semana la plataforma hizo lo mismo con The Love Witch y Prevenge, cintas de un carácter marcadamente independiente y feminista, ambas protagonizadas y dirigidas por mujeres. Aunque es curiosa su forma de distribución, también lo es este giro inesperado de los acontecimientos: películas de terror protagonizadas por mujeres retorcidas sin que nadie venga a tacharlas de misóginas. ¡Viva!

Como todavía no he visto Prevenge, de la que su cercanía temporal en cuanto a estreno ha hecho que se comparase con The Love Witch, me voy a limitar a hablar de esta última.


¿DE QUÉ VA?
Elaine Parks llega a un pueblo rollo Mystic Falls decidida a encontrar –y enamorar– al hombre de sus sueños por medio de hechizos, pociones y tampones usados. Pero encontrar a alguien que cumpla los requisitos de esta bruja es más difícil que tolerar el reggaetón, y más aún mantenerle con vida.


Que Anna Biller, directora y guionista, pretende acercarse a su Elaine Parks a través de una visión feminista es evidente desde el mismo inicio de The Love Witch (y a pesar de este), cuando la vecina de la bruja protagonista le recrimina a esta que hable como si el patriarcado le hubiera lavado el cerebro. El hecho de que Trish, uno de los personajes más normativos, lance este término en los primeros diez minutos, rodeada en ese mismo momento de flores, volantes y colores pastel, sirve para plantear de la forma más llamativa posible el tema último de The Love Witch: el feminismo. Y es que, aunque los sueños e ideales de Elaine nazcan de una sociedad machista, sus actos se revelan como todo lo contrario, desde su participación en un aquelarre que rinde culto a una diosa y que afirma que todas las mujeres son diosas hasta la exhibición de su cuerpo como una forma de poder sobre los hombres que la rodean.

Después de salir de una relación abusiva, Elaine –una mezcla de Lana del Rey en su aspecto y de Melisandre y Amy Elliott Dunne en su proceder– se convierte en abusadora. Sigue buscando lo que le han enseñado a buscar, ese prototipo de hombre fuerte, mujeriego y sin emociones como ya lo fue su ex marido y en el que ella ha acabado convirtiéndose casi a modo de defensa, pero lo busca a cualquier precio, sin importarle las consecuencias de sus actos sobre los demás. Quiere que la quieran y que la traten de modo reverencial pero no le importa si para ello tiene que manipular y hacer sufrir.

En ese aspecto, The Love Witch recurre a la inversión de los roles de género no para ridiculizar como en la comedia comercial a la que estamos habituados sino para decirnos que estas conductas son igualmente plausibles tanto para un género como para el otro. Es una forma distinta de feminismo pero, al igual que Gillian Flynn, Biller reivindica la igualdad de género. Eso sí, a través del poder para hacer el mal.

Aunque yo me haya podido referir a The Love Witch de una forma un tanto pesada debido al mensaje que tiene detrás –que es demasiado importante como para no destacarlo–, he de aclarar que la película en sí no tiene nada de pesada. Por muy trágica que sea en realidad la historia de Elaine, sus dos horas de duración se hacen amenas gracias a una combinación entre lo cómico y lo perturbador que te mantiene expectante por cuál será el siguiente paso de la bruja. A ello hay que añadirle el empaque, con una estética retro que hace pensar equivocadamente al espectador que tiene lugar en los años setenta (y, por tanto, que se trata de una denuncia al cine de la época), aunque Anna Biller lo haya atribuido a su conexión con el burlesque. De cualquier manera, la similitud de su puesta en escena respecto a las cartas del tarot nos sumerge en un ambiente misterioso y esotérico en el que la existencia de brujas, magia y bodas medievales de dudosa validez legal no nos parece tan descabellada.

miércoles, 21 de junio de 2017

WhatsApp: ¿Por qué tienes esa foto de perfil?

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia no tan lejana (esta), actualizaba el blog. Después llegó un momento en el que me sepultaron la pereza y los exámenes y dejé de hacerlo durante dos meses. Hoy, en el segundo mesario (y una semana) de este feliz evento –para la gente que pensaba que por fin iba a abandonar dar por saco en internet–, he recuperado una idea y me dispongo a dejarla por aquí, por si a alguien le apetece leerla.

He revisado todas las fotos de mis contactos en WhatsApp y he establecido una serie de perfiles según estas. Ahora que lo escribo, no sé qué propósito busco con esto y si tiene alguna utilidad más allá de reírme de la gente (yo incluida) y de las cosas que creemos que son guays aunque solo son tópicos penosos. Aun así, como tengo demasiado tiempo libre y siento la obligación moral de escribir algo aquí, tendréis la dudosa alegría de poder leer esto y reíros de vuestros conocidos según su foto de perfil en redes sociales. Y lo mejor: ¡vienen con películas!

Zoolander: Ferviente seguidor de la secta mundial del selfie, hace un primer plano de su cara y se le ven casi hasta las espinillas. La foto en sí no tiene ningún interés más allá de que sirve para averiguar el nivel de ego del sujeto en cuestión. Bonus points si pone morritos de una forma no irónica.

Blancanieves (o el espejo mágico): Antes se corta el brazo que hacerse un selfie (o al menos mostrar que se ha hecho uno), pero rehúye de la gente que le va a hacer una foto normal porque tiene la impresión de que va a salir ridículo/a. La única opción que le queda es hacerse fotos delante del espejo hasta que alguna quede medio decente. Eso, o simplemente quiere enseñar de tapadillo su nuevo iPhone, que es lo más probable.

Baywatch: Tiene de perfil en pleno invierno una foto suya en bañador para que veas que él/ella se machaca en el gimnasio (y tú no).

La vuelta al mundo en 80 días: La foto de perfil le sirve para enseñar al mundo lo mucho que le gusta viajar. El destino varía desde los interesantes o exóticos hasta los más normales, tipo Torrevieja.

El fantasma de la ópera: No enseña su cara por nada del mundo. De espaldas, su clavícula, un pie… Cualquier parte de su cuerpo –excepto el rostro– es válida para exhibirla en WhatsApp.

Mi vida sin mí: Es un paso más allá del fantasma de la ópera porque ni siquiera aparece en la foto. A mi parecer, el principal objetivo de la foto de perfil es que la gente tenga una confirmación de con quién está hablando (o que pueda cotillear, por supuesto), así que este tipo de fotos me parece surrealista.

[Insertar película de David Lynch, Kubrick o Jarmusch, a elección propia]: A esta persona, habitual de los festivales más alternativos y los coolturetismos más mainstream, le gusta parecer más interesante de lo que en verdad es. ¿Cómo? Siempre mira a la inmensidad, no sonríe por nada del mundo y sus fotos están poco saturadas (como su alma).

Cube: También llamado “me he descargado una aplicación que convierte las fotos rectangulares en un cuadrado emborronando la foto de fondo, mira qué innovador/a soy”.

Negocios con resaca: No sé si esto solo lo encuentras en mi facultad o si tiene su homólogo en otros ámbitos, pero la gente tiene un gusto malsano en aparecer en su perfil con micrófonos y cámaras y demostrar, de cualquier forma posible (y surrealista), su éxito profesional. Y ya si sales con alguien conocido, parece que te convalidan un par de créditos.

One Direction. This is Us: Por todos los fans que van a un concierto (o van paseando por la calle mismamente) y consiguen hacerse una foto con su cantante o actor/actriz favoritos. *envidia*

Shakespeare In Love: Su vida gira en torno a su pareja. La clásica foto moñas de os dos individuos –ya sea besándose, haciéndose arrumacos o intentando parecer adorable– suele ir acompañada de un estado surrealista (normalmente una cita vomitiva de una canción sobre lo bonito que es el amor).

Chicas malas: No le vale salir con 1 colega que tiene que aparecer con toda la panda para que se vea lo popular que es. Parece que es el resultado de un challenge de ver cuántas personas es humanamente posible encajar en una foto.

La gran familia: El espíritu familiar en WhatsApp es muy popular en navidad o cuando tienes una foto muy muy cute, aunque no está socialmente aceptado mostrarse cariñoso con tus familiares en esta red social porque la gente, de forma errónea a mi parecer, cree que estas fotos estarán mejor en Instagram, con una bonita dedicatoria que los familiares en cuestión no leerán en la vida. Sorpresa: no.

Mala leche: Todos hemos sido bebés. Pensar que alguien te puede reconocer por tus hoyuelos o tus ricitos es bastante extraño.


Al final, todo esto se resume en la idea ficticia que quieras dar a los demás sobre lo que es tu vida, basándose en los parámetros de amor, amistad, dinero, éxito profesional y belleza. Es decir, aparentas ser deseable para que alguien “te compre”, puesto que, si alguien te quiere, por algo será; si tienes dinero o éxito, se podrán aprovechar; y si tienes belleza, serás un buen trofeo.

Conclusión: la sociedad es una mierda.

jueves, 13 de abril de 2017

Crítica: El Bar

Lo mejor: La última media hora de tensión
Lo peor: Que parece una cosa y es otra
    ¿Qué pasaría si te tuvieses que enfrentar a una situación límite? ¿Y si en ella estuvieses rodeado/a de gente que no conoces? ¿Confiarías en esas personas para sobrevivir so pretexto de que la unión hace la fuerza o mejor que cada uno mire por su propio y único bien? En El Bar, Álex de la Iglesia nos plantea todas estas preguntas.


¿DE QUÉ VA?
    En el Bar Amparo se concentran por la mañana multitud de personas: los trabajadores y los clientes, los usuales y los que pasaban por allí. Pero un día, uno de los clientes es disparado al salir del bar. Con el miedo, la confusión y los gritos, la calle queda desierta y los protagonistas se encierran en el bar para sobrevivir.

    Antes de nada, probablemente debería reconocer que no soy muy fan de las últimas películas de Álex de la Iglesia: me parecieron demasiado alocadas y sin sentido, hasta el punto de no acabar de ver Mi gran noche por mucho Raphael que hubiese. El Bar, sin embargo, sí que me ha gustado. Es cierto que al principio tienes la sensación de estar viendo otra vez alguna de estas películas anteriores –y sufres, porque empezaron bien y te aburrieron al rato–, pero se mantiene a buen ritmo, principalmente comedia para después girar drásticamente al thriller más claustrofóbico.

    La parte cómica por sí sola no llevaría a ningún lado a la película al igual que la parte thriller por sí sola la dejaría en filme pseudo-hollywoodiense del montón sin calado ninguno, pero la suma de ambas convierte a El Bar en una película reflexiva vía humor que merece la pena ver. Los personajes viven una situación límite que les hace sacar su verdadero carácter y así indagar en una cuestión intrínsecamente humana como es la falta de confianza en los demás.

    Si El Bar me ha sorprendido gratamente también es por la interpretación de sus actores. Son ya clásicos del cine de Álex de la Iglesia, aunque tampoco tengo un cariño o simpatía especial por ellos; hay alguno que incluso me cae mal. Que Mario Casas no tiene la culpa –la tienen los personajes malotes-vulnerables que siempre interpreta, unos personajes que encima se toman demasiado en serio a sí mismos– pero es algo que no se puede evitar. Sin embargo, Mario Casas consigue esta vez no solo no caer mal sino encima caer bien. Lo sé, es increíble y digno de aplauso, sobre todo del guion. Su compañera en El Barco –ese gran despropósito en el que interminables Coca-Colas pululaban por un barco con escasez de recursos de todo tipo excepto de esta bebida–, Blanca Suárez, obliga al espectador a ponerse en su lugar más que en el de cualquier otro: retrata a un personaje que podrías ser tú o alguien que conoces, alguien que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y, en definitiva, la gran víctima que no pinta nada en el Bar Amparo.

    El Bar vale como mero entretenimiento, para aquellas personas que solo buscan pasar el rato sin ver Ben-Hur esta Semana Santa (buena suerte con eso), pero también para quienes buscan una lectura más profunda, una crítica a esta sociedad en la que reina el individualismo.

domingo, 26 de marzo de 2017

Eurovisión 2017: Análisis de todas las canciones, parte 2 (países I-U)


    Ya hemos visto Estonia, Francia, Australia… Pero nos quedan 23 países más, y no es por nada, pero vienen las mejores: las que van por delante en las casas de apuestas, las más polémicas, las más surrealistas… Como en la parte 1, puedes ir directamente al vídeo de cada canción haciendo click en su título. Dicho esto, ¡empecemos!

I
Irlanda| Dying To Try, de Brendan Murray  Las baladas por lo general me gustan, pero a esta me ha costado pillarle el punto, posiblemente porque tiene un puntillo épico que o lo amas o lo odias o te quedas muy descolacado/a. Y claro, yo estoy en ese último grupo: me gusta su rollo épico pero no veo que acabe de arrancar. No me extraña que uno de los comentarios de YouTube dijese que la primera vez había leído “Trying to Die”. Le pegaría más.
Islandia| Paper, de Svala  Qué pesada esta mujer con el papel, que parece que tiene acciones en una empresa de reciclaje o algo… Las canciones que repiten veinte mil veces una palabra por lo general no me gustan, y esta es otro ejemplo.
Israel| I Feel Alive, de IMRI  Bastante motivante, aunque tampoco le veo mucho recorrido. Pero vamos, que los guapetes suelen colarse en la final, así que no me extrañaría que el IMRI este acabase moviendo la banderita israelí en los sofás. Por cierto ¿por qué ponerte de nombre artístico tu nombre de pila en mayúsculas? Se aceptan teorías.
Italia| Occidentali's Karma, de Francesco Gabbani  La primera vez que vi el vídeo pensé que ya Italia ya se lo tomaba a cachondeo, y puede que sea así –llevar a uno disfrazado de orangután y que se ponga a hacer break dance mientras el otro canta muy normal no es, por mucho que Francesco lo diga en la propia canción– pero si se van a reír de la gente con una canción tan pegadiza y tan guay pues oye, yo encantada. 

L
Letonia| Line, de Triana Park  Lo he dicho ya varias veces, pero los estribillos basados en repetir lo mismo una y otra vez –en este caso, “when we draw the line”– me repatean. Esta me repatea menos que la sueca, pero eso no quita que me repatee, y encima mira que es machacona la condenada canción… 
Lituania| Rain of Revolution, de Fusedmarc Se diferencia de lo que suele ser la típica canción eurovisiva aunque tampoco tanto como para fliparlo con ella. Una propuesta más original, pero sin más. Tan olvidable que mientras repaso este resumen no recuerdo ni cuál es. Real. 

M
Rocket to the stars
Macedonia (Antigua República Yugoslava)| Dance Alone, de Jana Burčeska  Podría escucharse en la radio, porque tiene ritmo y es bailable. Jana canta bien + la canción está bien = Verónica approves 
Malta| Breathlessly, de Claudia Faniello  Me aburre como una ostra, para qué voy a decir otra cosa. El rollo épico este está más visto que el tebeo. 
Moldavia| Hey Mamma!, de SunStroke Project  Estos se quedaron en la época de los anuncios de politonos en televisión, jurado. Da vergüenza ajena, pero también risa. Algo es algo. 
Montenegro| Space, de Slavko Kalezić  Este señor tiene una estética surrealista. La canción movida y guay, pero es inevitable acabar fijándose en sus modelitos y en su súper trenza/látigo: el Ken Ichijouji Pelopony.

N
Noruega| Grab The Moment, de JOWST  Más o menos movida, pero de ahí a buena hay un trecho grande. Me deja como si nada. Que digo yo, podrían traer a Morland otra vez y nos dejábamos de rollos… A lo mejor soy solo yo, ¿pero no os recuerda un poco a la primera canción que trajo Australia a Eurovisión, la de Tonight Again de Guy Sebastian? 

P
El remake de Embrujadas ya ha llegado
Países Bajos| Lights And Shadows, de OG3NE  Me dan un mal rollo los cánticos en un bosque oscuro por muy buen rollo que intente transmitir la canción… Independientemente de que se te pegue a la cabeza, lo cierto es que parece de hace muchos años. Ni siquiera el 2008.
Portugal| Amar Pelos Dois, de Salvador Sobral  Sinceramente, esta me encanta. A mí me pones unos violines y a alguien cantando con sentimiento y me tienes ganada. Ahora solo falta que Portugal supere la semifinal, algo en lo que no tiene nunca mucha suerte. 
Polonia| Flashlight, de Kasia Moś  Menuda castaña de canción. Todos los años tiene que aparecer alguien creyéndose que pone banda sonora a la nueva de James Bond y este año vienen dos con el mismo rollo. 

R
Reino Unido| Never Give Up On You, de Lucie Jones  La cantante tiene un vozarrón que flipas y la canción le deja desplegarla y lucirse, aunque en un festival tan lleno de baladones como el de este año puede pasar desapercibida. 
República Checa| My Turn, de Martina Bárta  A esta le pones un poco de ritmillo y fan, pero tan lenta queda un poco soseras. A mí me gusta igualmente, eso sí, y Martina tiene vozarrón. 
Rumanía| Yodel It!, de Ilinca y Alex Florea  Voy a tener pesadillas con Heidi. No sé qué puede llevar a una persona a dar esos gritos tan desagradables y a pensar que a alguien le pueden gustar. Es curioso y un pelín gracioso, pero como tenga que escuchar otra vez ese Yodelei me van a reventar los tímpanos.  
Rusia| Flame Is Burning, de Julia Samoylova  “Define tostón” y aparece esta canción. Vale que nunca me gustan las canciones que lleva Rusia, pero esta da un paso más. 

S
San Marino| Spirit Of The Night, de Valentina Monetta y Jimmie Wilson  Después de dos años sacándonos una sonrisa a base de momentazos random, esperaba con ganas la propuesta de San Marino. Este año han traído por cuarta vez a Valentina Monetta, de la que tendrían que sacar postales de souvenir por ser lo único que conocemos de San Marino (como curiosidad, lo miré el año pasado y parece ser que tienen fábricas). No se puede negar que Valentina canta bien, pero la canción no tiene nada aparte de ritmo machacón que te da ganas de estampar el ordenador. 
Prefiero a Abraham Mateo que a este pintas
Serbia| In Too Deep, de Tijana Bogićević  Pues no está mal. No me entusiasma pero tampoco me fastidia la vida escucharla. Eso sí, releo esto y se me ha olvidado hasta cuál es, y ser olvidable para una canción de Eurovisión es lo peor que puede pasar. 
Suecia| I Can't Go On, de Robin Bengtsson  Podéis poner a un tío bueno todo lo que queráis, pero la canción es mala y repetitiva y contra eso no se puede hacer nada. Eso también lo pensé con Mans y ahí le veis, ganador, pero a esta encima se le suma una letra que no tiene desperdicio: "I wanna take off all my clothes, wanna go OH" (llámalo OH, llámalo fergar) y continuamente repitiendo "I can’t go on, I can’t go on, when you look this freakin' beautiful". Traducción: quiero fergar contigo porque estás muy buena. Perfecto. Y ya la cara de "te doy mi aprobación" es la guinda del pastel. 2017, señores.
Suiza| Apollo, de Timebelle Me gusta pero me acaba pareciendo cansina. Repite más de lo necesario Apollo, pero luce más que I Can’t Go On, sin ir más lejos. 

U
Ucrania| Time, de O.Torvald Lo que más me gusta de esta copia mala de Muse es que tienen la cuenta atrás para que el espectador sepa lo que le queda de tortura. 

Y la cuenta atrás de Ucrania también finaliza este review de las propuestas para Eurovisión 2017. ¡Nos vemos en mi top favoritos!

jueves, 16 de marzo de 2017

Eurovisión 2017: Análisis de todas las canciones, parte 1 (países A-H)


    Este año he decidido renovarme un poco en el tema Eurovisión. No, no voy a dejar de analizar los favoritos de las casas de apuestas ni mis propios favoritos. Esta vez, ninguno de los países participantes podrá decir que se le ha marginado en este blog, porque voy a decir lo que opino de todas y cada una de las canciones que se presentan. ¿Que si es una excusa para poner a parir más canciones? Puede ser.
    Como son 43 países con sus consiguientes canciones, las he ordenado alfabéticamente y las he dividido en dos partes, de forma que esta primera parte comprenda los países que van de la A a la H y la segunda, de la I a la U. El link a cada canción se encontrará en el propio título.

A
Las caras épicas/profundas de Isaiah 
Albania| World, de Lindita Halimi  No tiene gracia ninguna. Si quitas las vocales, parece una canción de banda sonora de serie, al menos al principio. Y después tampoco es que mejore. Quien haya encontrado el estribillo, que me lo diga. 
Alemania| Perfect Life, de Levina  Originalidad 0. Empieza en plan Titanium y el estribillo me quiere recordar a otra canción también. Quitando eso bien, pero claro… 
Armenia| Fly with me, de Artsvik  Próximamente en los mejores cines.
Australia| Don’t Come Easy, de Isaiah  Antes me sentaba como una patada en las narices, pero ahora hasta le he pillado el punto. En una balada bastante bien llevada, y el tal Isaiah tiene vozarrón, o eso parece en el videoclip. Para mi gusto, mejor que la de Dami Im del año pasado. 
Austria| Running On Air, de Nathan Trent  No tiene una gran complicación: cantante y un par de instrumentos. Y lo mejor, sin sintetizador. Solo por no darse ínfulas con el sintetizador y por ser una de las pocas alegres –sí, la otra es ese engendro playero cantado por Manel Navarro– ya se merece un poco de crédito.
Azerbaiyán| Skeletons, de DiHaj  Esta es la típica por la que no das un duro porque hay 20.000 iguales y no tiene nada de especial, llega a la final, a todo el mundo le encanta y tú te rayas. 

B
Bélgica| City Lights, de Blanche  Todavía no he tomado una decisión sobre esta canción. Es original, electrónica sin ser machacona. Parece que va segunda en las casas de apuestas, aunque también es verdad que le sigue el sueco y, con lo rollo que es la canción, no quiere decir mucho.
Bielorrusia| Story Of My Life (Historyja majho žyccia),de Naviband  La verdad es que me gusta *noticia inesperada, shock* porque es muy alegre. O al menos eso parece, porque como cantan en bielorruso pues podrían estar haciendo una invocación al diablo y yo no me enteraría.
Bulgaria| Beautiful Mess, de Kristian Kostov  No me molesta escucharla, pero tampoco me parece que sea la pera limonera. Una canción de relleno. Ahora va y pasa a la final, llevándose por delante a mis favoritas.

C
Cuando enseñas tu mejor perfil para que lo
esculpan en tu futura moneda porque vas a ser grande
Chipre| Gravity, de Hovig  Los 2000 siguen haciendo estragos en Eurovisión y esta canción es una clara muestra. Esto es lo que pasa cuando escuchas a Rob Thomas demasiado y aderezas tu consumo musical diario con alguna canción de Tokio Hotel suelta.
Croacia| My Friend, de Jacques Houdek  Hipnótica por lo extraño de que un tío cante con dos voces totalmente distintas y en dos idiomas distintos (y ninguno el suyo). No sabría decir si me gusta o no. 

D
Dinamarca| Where I Am, de Anja Nissen  A lo mejor en Eurovisión 2005 lo podría haber petado, pero mucho ha corrido hasta 2017 y este tipo de canción no tiene mucha cabida ya (y menos mal).

E
Eslovenia| On My Way, de Omar Naber  Otra más de 2005. Es un poco épica; me imagino cantándola al protagonista de una nueva película musical de Disney como penúltimo número, a lo “me voy y no vuelvo” (el espectador ya estaría llorando en este momento por la gran superación personal) antes de encontrar el amor verdadero, cantar otra canción y acabar muy épicamente todo. Total, que en el nuevo High School Musical estaría bien (sobre todo cantado por otro, como, qué sé yo, Zac Efron), pero en Eurovisión no. 
España| Do It For Your Lover, de Manel Navarro  Creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir de esta canción pero, por si algún despistado todavía no se ha dado cuenta todavía, NO ME GUSTA NADA: ni la voz de Manel, ni el rollo playita, ni el chanchullo raro que se montaron en su elección, ni el propio “do it for your lover” (¿qué es lo que se supone que hay que hacer por el lover de las narices?) ni el hecho de que Manel Navarro lleve la camisa desabrochada por el ombligo. Chico, que te vas a constipar. Eso y quedar en uno de los últimos 5 puestos (si no el último), pero eso ya es otro tema. 
Estonia| Verona, de Koit Toome and Laura  Perderse en Verona tiene que ser muy chungo, porque para que salga esta canción… Desde Goodbye to Yesterday, ese temazo de Stig Rästa y Elina Born de 2015, tiendo a esperarme demasiado de Estonia y claro, luego pasan estas cosas. 

F
Mal rollo cortesía del videoclip de Finlandia
Finlandia| Blackbird, de Norma John  Cuando pongan esta en Eurovisión, ya sea final o semifinal, nos vamos a dormir. Nana máxima. 
Francia| Requiem, de Alma  Si el Corte Inglés la utiliza en su siguiente anuncio no me extrañaría, porque es muy de ese rollo: movida, bailable pero sin rollo discotequero. 

G
Georgia| Keep the Faith, de Tamara Gachechiladze  Muy bonito el mensaje y todo lo que tú quieras, pero si la canción es mala, se dice, y esta lo es. Además, las canciones rollo James Bond antes eran originales en el festival, pero últimamente están más vistas que las faldas cortas en las ediciones de 2005-2008. 
Grecia| This Is Love, de Demy  Simplemente, mala. Mucho sintetizador dando por saco y poco interés en la canción, que es repetitiva y cansina. 

H
Hungría| Origo, de Joci Pápai Me gusta porque se sale de lo que estamos acostumbrados pero sin que resulte del todo ajeno.

Continuará... en la parte 2.